Pausar para reconectar: la importancia de pausar

El tiempo pasa. La vida corre. Y se nos enseña que debemos estar siempre ocupados, siempre haciendo algo, siempre en “chinga”. De cierta forma, hemos aprendido que si no tenemos la agenda llena de miles de tareas, ocupaciones y compromisos, algo está mal. Hemos normalizado no pausar, no descansar. Y, como resultado, vivimos en constante estrés y agotamiento.

No sé ustedes, pero yo vivo cansada. Por más que trato de dormirme “temprano”, muchas veces despierto agotada. No descanso realmente. Y es que el descanso va mucho más allá de dormir. Necesitamos hábitos que nos ayuden a mantener cierto equilibrio y espacios que permitan que nuestro cuerpo y nuestra mente se recuperen del ritmo al que vivimos.

Mucho de esto tiene que ver con las exigencias y estándares que existen socialmente: ser exitosos en el ámbito laboral sin descuidar nuestra vida personal, mantener hábitos saludables como hacer ejercicio y comer balanceado, tener una casa en orden, cuidar nuestras relaciones, ser buenos hijos, parejas, padres, amigos… y además hacerlo todo bien.

Pero también está nuestra propia autoexigencia.

Sí, es cierto que nos “rigen” ciertas reglas sociales y que muchas de ellas tendríamos que cuestionarlas y aprender a no vivir bajo su presión. Pero lo tremendo es cuánto nos exigimos nosotros mismos. Nadie va a estar vigilándonos 24/7 para verificar que cumplimos con todo. ¿Por qué nosotros sí?

Porque, además, ¿qué es “todo”?

Somos nuestros más duros jueces. Nos exigimos una perfección que no existe, en todos los ámbitos de nuestra vida. Y además de ser imposible, es agotadora. Después nos preguntamos por qué estamos tan cansados, por qué vivimos al límite, por qué no tenemos tiempo para nosotros mismos o por qué sentimos que estamos al borde del burnout.

El síndrome de burnout, también conocido como síndrome de desgaste ocupacional, es un fenómeno relacionado con el estrés crónico en el contexto laboral. Se caracteriza, entre otras cosas, por un agotamiento profundo, una mayor distancia o actitud cínica hacia el trabajo y una sensación de menor eficacia. Y aunque no todas las experiencias de agotamiento implican burnout, lo cierto es que vivimos en una cultura que muchas veces nos lleva a funcionar al límite durante demasiado tiempo.

Necesitamos aprender a parar, a pedir ayuda y a priorizarnos. Pero nadie nos enseña realmente a hacerlo. Al contrario: muchas veces nos enseñan a exigirnos más.

Malabareamos miles de roles y nos olvidamos de uno de los más importantes: el rol de ser nosotros mismos y cuidarnos.

Porque, si lo pensamos, cuando nosotros no estamos bien —física, mental, emocional o socialmente— se vuelve mucho más difícil estar bien en los demás ámbitos de nuestra vida: laboral, familiar, parental, amoroso… y también para las demás personas.

Entonces, ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué nos cuesta tanto parar?

A mí también me pasó

A mí me pasó algo parecido recientemente.

Muchos roles que cumplir. Muchas responsabilidades sobre mis hombros. Muchas tareas por hacer… y la persona que más me exigía era yo misma.

El resultado: mi cuerpo terminó pagando la factura. Cansancio extremo y malestar constante; dolores de cabeza fuertes, migrañas, contracturas musculares. Y, en medio del caos y del dolor, aprendí algo importante: a parar, a pausar y a priorizar.

Se me juntó la planeación de mi boda con las responsabilidades del trabajo —psicóloga del colegio por las mañanas y pacientes por las tardes—, con la creación de contenido —posts, reels y artículos para mi página web—, con intentar mantener mis hábitos saludables —hacer ejercicio, comer balanceado, cocinar y dormir temprano—, con ser ama de casa y procurar que todo estuviera en orden, con ser “buena novia” con mi pareja…

Y, en medio de todo esto, que de por sí ya era bastante, se sumó algo mucho más grande: le diagnosticaron cáncer a mi papá y, pocos meses después, a mi tía.

Lo escribo ahora y todavía me pregunto cómo sobreviví a tanto.

Al inicio, cuando todo se juntó, la pasé muy mal. Lloraba todo el tiempo, estaba agotada y físicamente me sentía mal con mucha frecuencia. Y tuve que tomar decisiones complicadas, pedir ayuda y pausar temporalmente algunos de mis roles.

Con mucho dolor, porque me encanta hacerlo, tuve que dejar de crear contenido para mis redes sociales y dejar de escribir artículos para mi página web.

Tuve que aprender a ser compasiva conmigo misma. A no sentirme culpable por no cumplir con todo lo que yo solita me había exigido hacer.

Incluso mi jefa tuvo que hablar conmigo y decirme que pidiera ayuda, que no intentara hacerlo todo yo sola. Me dijo algo que se me quedó muy grabado: si ella no me estaba exigiendo tanto, ¿por qué tenía que exigírmelo yo?

Hubo meses en los que mi cabeza simplemente no me daba para planear cosas de la boda. Y, por suerte, había sido una planeación larga, de aproximadamente un año y medio. Pero aun así, ahí estaba la culpa: la sensación de no estar haciendo lo que “debería”, de no estar cumpliendo con aquello que “tenía que cumplir”.

Y fue precisamente ahí donde tuve que aprender a pausar.

Pausar no significa rendirse

Todo esto explica un poco mi ausencia por acá, pero también me ayuda a poner en perspectiva lo vivido durante estos meses tan rudos y, sobre todo, a reconocer las lecciones que surgieron en medio del caos.

Pausar no significa detener nuestra vida para siempre. Tampoco significa tomarnos unas vacaciones de meses o abandonar nuestras responsabilidades.

Significa aprender a hacer pequeñas pausas en lo cotidiano.

Entender que descansar y pausar no son un lujo ni una recompensa que tenemos que ganarnos después de haber hecho todo. Son necesidades humanas.

Una pausa puede ayudarnos a reducir la activación asociada al estrés, recuperar nuestra atención, regularnos emocionalmente y tomar decisiones con mayor claridad. Y no tiene que ser algo complicado.

Puede ser tan sencillo como hacer consciencia de algo que hacemos todo el tiempo: respirar.

Dedicar al menos un minuto cada cierto tiempo para detenernos, inhalar y exhalar profundamente.

Desconectar nuestros ojos y nuestra mente de las pantallas a las que nos hemos vuelto tan dependientes.

Pararnos, estirarnos y mover un poco el cuerpo.

Y hacer algo que parece increíblemente difícil: no hacer nada durante diez minutos.

Apartarnos. Estar en silencio. Respirar con consciencia. Dejar por un momento los pendientes y las exigencias fuera de nuestra cabeza.

Suena tan fácil o tan difícil como queramos verlo.

Pero quizá se trata justamente de eso: de hacer de las pausas un hábito y no esperar a estar completamente agotados para darnos permiso de parar.

Y también necesitamos enseñarles a pausar a los niños

Esto es algo que he aprendido y confirmado trabajando con niños: las pausas también son necesarias para ellos.

Y, sobre todo, necesitamos enseñarles y permitirles pausar desde que son pequeños.

Un niño que aprende a reconocer cuándo necesita detenerse, descansar, moverse, respirar o simplemente tener un momento de calma, está aprendiendo algo mucho más importante que “tomarse un descanso”: está aprendiendo a escuchar las necesidades de su propio cuerpo y a responder a ellas.

Las pausas pueden ayudarles a recuperar la atención, regularse, disminuir la frustración y volver a una actividad con mayor disposición para aprender.

Porque no podemos esperar que un niño esté concentrado, sentado, aprendiendo y rindiendo durante horas sin necesitar detenerse.

Y, en realidad, nosotros tampoco.

Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan movimiento. Necesitan descanso. Necesitan momentos de silencio. Necesitan pausas.

Necesitan detenerse para poder reconectar y continuar sin agotarse.

Y quizá esa sea una de las cosas que más me llevo de estos últimos meses: no siempre tenemos que poder con todo.

A veces, también necesitamos parar. Y está bien.

Con cariño,

Johis

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