Me incomodan sus emociones

Sentir es una bendición, pero también una “maldición”. Sentir nos puede incomodar, doler y hacernos cuestionar muchas cosas. Si experimentar nuestras propias emociones puede llegar a ser un proceso complicado, ahora imagínense tener que experimentar también las emociones de otros. Y cuando eres mamá, papá, miss o cuidador es algo que sí o sí te toca vivir con los niños. 

Ver en alguien más, la expresión de una emoción, nos puede hacer vivirla de otra forma, percibirla distinto. Nos espejea y nos refleja cosas, que quizá no veamos o sintamos al experimentarlas nosotros. Y esto tiene una explicación a nivel cerebral. Todos tenemos en el cerebro unas neuronas que se llaman neuronas espejo, las cuales se activan cuando realizamos una acción o cuando observamos a otra persona hacerla o sentir una emoción. 

Generan un reflejo automático, imitando de forma interna experiencias en nuestro cerebro. Cuando vemos a alguien llorar, reír o enojarse, nuestro propio sistema emocional puede activarse. Somos seres profundamente sociales y nuestro cerebro está diseñado para percibir y responder a los estados emocionales de quienes nos rodean. Por eso, cuando un niño está atravesando una emoción intensa, no solamente estamos observando su emoción: de alguna manera, nuestro propio cuerpo también puede reaccionar ante ella. 

Pero además de que podamos llegar a sentir lo mismo que está sintiendo nuestro hijo o nuestro alumno, si la emoción es desagradable o muy intensa, también podemos llegar a sentir incomodidad. ¿por qué? 

Nos pueden incomodar las emociones intensas de los niños porque pueden activar nuestras propias heridas no resueltas, nuestra necesidad de control, nuestros miedos y hasta nuestras propias limitaciones para tolerar el malestar. 

  • Si de pequeños nos invalidaron, ver a alguien llorar o enojarse, nos recuerda ese dolor antiguo y no sabemos cómo sostenerlo en otros.
  • El llanto o el berrinche de un niño tienen mucha energía y tememos no poder frenarlos o que terminen en mala conducta.
  • Creemos que un hijo triste o enojado significa que estamos fallando como padres o educadores.
  • Vivimos con agendas llenas y no tenemos el tiempo ni la paciencia que requiere acompañar un desborde emocional. 

¿Cómo se puede llegar a ver la incomodidad frente a las emociones de los niños? 

Solemos manifestar esta incomodidad, muchas veces de forma inconsciente, a través de distintas estrategias que buscan detener, minimizar o evadir el malestar que la intensidad de la emoción nos genera. 

 Cuando un niño llora, grita, se enoja o se frustra, hay una activación emocional que activa su sistema nervioso, pero que al verlos (recuerda las neuronas espejo) también activan el nuestro, lo que nos impulsa a reaccionar en lugar de responder desde la calma. 

Algunas de las formas más comunes en las que podemos hacerlo son: 

  • Descalificar o negar la emoción: las frases típicas como, “no pasa nada”, “no es para tanto”, “por eso no se llora”. El niño recibe el mensaje de que lo que siente está mal, es incorrecto, inválido o exagerado. Aprende a reprimirlo. 
  • Respuestas reactivas y desreguladas: al no tener capacidad para tolerar la emoción, nos ponemos al mismo nivel que el niño: gritamos, amenazamos, castigamos o incluso violentamos. Si respondemos desde nuestra propia desregulación, difícilmente podremos ayudar al niño a encontrar la calma; por el contrario, podemos  terminar aumentando la intensidad del momento.
  • Intelectualización y sermones: es cuando se busca cortar la parte emocional a través de la lógica racional con discursos y explicaciones largas. Cuando un niño está atravesando una emoción muy intensa, gran parte de sus recursos están puestos en manejar esa activación emocional, por lo que difícilmente podrá procesar en ese momento discursos, explicaciones largas o razonamientos complejos. 
  • Distracción inmediata o soborno: muchas veces para evitar lidiar con la emoción de raíz. intentamos desviar la atención del niño a otra cosa: ofrecerle comida, juguetes, pantallas. “Mira el pajarito”, “Toma un dulce pero ya no sigas llorando”, “Ve, qué padre video”. Con esto, los niños irán aprendiendo a que sus emociones no son dignas de sentirse y que necesita algo externo siempre para anestesiar o tapar lo que sienta. 
  • Abandono emocional: podemos llegar a estar física y emocionalmente inaccesibles cuando algo nos incomoda, lo que nos lleva a aplicar conductas como: mandarlos a su cuarto, ignorarlos o dejarles de hablar; el famoso Time out o Tiempo Fuera (mal aplicado). Esto les puede llegar a generar mucha inseguridad porque les manda el mensaje de que solo son dignos de amor cuando sus emociones no son “intensas” o “desagradables”. 
  • Ceder frente a todo (condescendencia extrema): cuando decimos que sí a todo y cedemos ante todas las peticiones para detener la emoción de forma inmediata, aunque eso implique pasar por encima de los límites previamente establecidos. Lo que lleva a que los niños no desarrollen autocontrol ni tolerancia a la frustración. 

Seguro alguna de estas formas te suena familiar. Y no pasa nada, todos en medio del caos que genera la tormenta emocional de los niños, hemos aplicado alguna. La cuestión es darnos cuenta, identificar qué nos está detonando la emoción y cómo poderlo trabajar en nosotros mismos para que no sea algo que pueda dañar nuestra relación con ellos ni que los afecte en su desarrollo socioemocional. 

El tema es, que nuestra incomodidad será momentánea, pero el mensaje que le mandamos a los niños con esto, puede afectarlos por el resto de la vida. 

Invalidar lo que sienten, les enseña a reprimir sus emociones. Y esto no las hace desaparecer, sino que va a dificultar que puedan aprender a regularse en el futuro. Además, los niños necesitan que aceptemos y validemos lo que sienten, sin juzgarlos, para poderse calmar y aprender realmente a regularse. 

¿Qué emociones de mi hijo/alumno puedo acompañar y cuáles me cuesta tolerar?”

¿Qué emociones te resulta más fácil acompañar?
¿La alegría?, ¿La tristeza?, ¿El miedo?, ¿El enojo? o ¿La frustración?

¿Qué emociones te cuesta más tolerar a ti? Importante hacernos este tipo de preguntas y reflexionar al respecto para poder poner manos a la obra y acompañarlos de la mejor manera. 

Las emociones con las que los padres conectan, con las que se interesan y se mantienen presentes, le dicen a los niños que las partes de ellos que sienten esto, son manejables, dignas de amor y valor. Mientras que las emociones con las que no conectan, que rechazan, castigan, buscan eliminar o cambiar a algo más placentero, hacen que los niños aprendan que las partes de ellos que las sienten son destructivas, malas, indignas de amor o que son demasiado. 

Cuando los niños se enfrentan al rechazo, muchas veces en forma de juicio, invalidación, castigo, ignorar o regañar, esto puede sentirse como una especie de “abandono”. Y generalmente viene de cuando los adultos no están pudiendo manejar las emociones de los niños. Esto los lleva a un profundo sentimiento de vergüenza, de sentir que hay partes de ellos que no son dignas de conectar, que nadie va a querer conocer o estar con esas partes. y de que si lo que sienten es algo que ni sus papás o misses pueden tolerar, entonces es algo que mejor buscar reprimir y borrar del mapa. 

 La vergüenza puede activar en ellos la idea de “Soy malo, soy indigno de amor… voy a quedarme solo”. Y como el apego y la conexión con sus figuras principales son fundamentales para la sensación de seguridad de los niños, experimentar rechazo o desconexión en momentos de vulnerabilidad puede vivirse como una amenaza a esa seguridad. La vergüenza funciona, con el sistema de apego, como una señal para que los niños escondan la parte de ellos que no está logrando mantener dicho apego y dicha seguridad. 

No te angusties ni pienses que ya lo “afectaste” para siempre si ayer le dijiste “deja de llorar”. No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de reparar, aprender y construir una relación en la que las emociones tengan un lugar seguro. Nunca es tarde para reparar y para reconectar. 

Cuando tenemos hijos o cuando trabajamos con niños, nos vemos confrontados todo el tiempo con tantas verdades acerca de nosotros mismos, de nuestra infancia, de nuestras relaciones. Y esto va a llevar a que surjan muchas emociones, actitudes y conductas, que muchas veces no vamos a saber cómo manejar y por ende que puedan afectar nuestra relación con ellos, o incluso mandarles mensajes que no son los que queremos que aprendan.

 Pero nuestro ser papás/misses, no tiene porqué definirse por nuestros momentos de dificultad sino a través de, si conectamos o no con los niños después de la “lucha” y trabajamos para reparar nuestra relación y seguir conectando. 

Es tremendo, todo lo que los niños aprenden y sienten cuando nosotros como adultos no podemos “manejar” sus emociones. Por eso es muy importante, siempre buscar trabajar en nosotros mismos primero, en nosotros saber cómo regularnos antes de querer enseñar a un niño a hacerlo, en trabajar en nuestras heridas de la infancia, para que no sean heridas eternamente abiertas que nos lleven a reaccionar y no a responder con calma; a estar tan seguros de nuestra forma de educar, que no dudemos de nuestra parentalidad o de nuestras habilidades de maestros,  si nuestros hijos/alumnos, tienen un mal día o viven una tormenta emocional (que además es esperado en el desarrollo). 

Entonces, ¿qué hacemos?

Cuando un niño está atravesando una tormenta emocional, nuestro trabajo no es apagarla.

Es:

Regularnos → conectar → validar → acompañar → poner límites cuando sea necesario → y después, cuando haya calma, enseñar.

No necesitamos ser adultos que nunca se desregulan. Necesitamos ser adultos capaces de reconocer cuando nos estamos desregulando, hacer una pausa y volver a conectar.

No se trata de hacerlo perfecto. Habrá días en los que también nosotros estaremos cansados, frustrados y sobrepasados. Habrá momentos en los que reaccionemos en lugar de responder. Y está bien. Lo importante es poder mirarnos, reconocerlo, reparar y volver a intentarlo.

Porque acompañar las emociones de nuestros niños también es una invitación a aprender a acompañar las nuestras. 

Y quizá ahí comienza realmente la re-conexión. 

con cariño, 

Johis 

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