¿Dar recompensas externas?

Todos sabemos que son las recompensas, pues todos, de alguna u otra forma hemos buscado recibir algo para motivarnos a hacer alguna acción. Pero ¿sabías que tenemos un sistema de recompensas interno? 

El sistema de recompensa cerebral es un complejo neuronal que permite experimentar sensaciones de deseo, placer y gratificación, como respuesta a estímulos electroquímicos. Las zonas del cerebro relacionadas con sensaciones de placer y euforia se van a activar por medio de dichos impulsos eléctricos que se provocan a partir de las percepciones que recibimos de nuestros sentidos. 

La vía de recompensa más importante en el cerebro es el sistema dopaminérgico mesolímbico, siendo el circuito un detector clave frente a estímulos considerados gratificantes. En condiciones normales, este circuito controla las respuestas a recompensas naturales como la comida, las interacciones sociales y el sexo, siendo un importante determinante en la motivación. Cuando se activa esta vía, el individuo siente la necesidad de repetir lo que acaba de hacer para volver a sentir esa sensación de placer, obtener esa “recompensa”. También le va a indicar a los centros de memoria en el cerebro, que se enfoquen y presten atención a toda esta experiencia gratificante para que pueda repetirse en el futuro. 

Este sistema cumple una función vital en la regulación de conductas adaptativas y en la formación de hábitos, ya que favorece el aprendizaje y el mantenimiento de dichas conductas, necesarias para sobrevivir (comer, reproducirnos). 

Nuestros cerebros están entonces programados para buscar comportamientos que liberen dopamina en nuestro sistema de recompensa. La dopamina siendo el neurotransmisor asociado al bienestar y al placer. Cuando hacemos algo placentero, nuestro cerebro libera dopamina, nos sentimos bien y por eso buscamos más, para seguir sintiendo ese placer y bienestar. 

Existen varias vías para activar dicho sistema de recompensa cerebral, pero nos enfocaremos en la motivación intrínseca y la extrínseca. 

La motivación intrínseca proviene de nuestro interior: es la motivación para hacer algo solo porque lo disfrutamos o porque queremos hacerlo bien para nuestros propios fines. 

Los bebés y los niños pequeños tienen una motivación intrínseca. Esto significa simplemente que se motivan por el objeto en sí, no porque obtengan algún tipo de recompensa. Por eso, cuando los adultos les ofrecemos un entorno enriquecedor para el juego y el aprendizaje, van a responder  de forma natural. Ahí no es necesario buscar alguna recompensa externa como una estampa, un dulce o un juguete nuevo, por eso los podemos ver muchas veces entretenidos y felices con cosas tan sencillas como una caja de cartón. 

Por otro lado, la motivación extrínseca es una motivación externa: es un comportamiento impulsado por factores externos, los cuales muchas veces incluyen cosas materiales como dulces, regalos, premios, estampas o juguetes nuevos. Pero también pueden ser presiones externas como miedo a la autoridad o el deseo de complacer a otros. Esto lo podemos llegar a ver en niños que se portan bien por miedo a que sus papás lo regañen. 

Estos motivadores externos, son una forma de condicionamiento operante, a través del cual, animamos o convencemos a los niños de repetir ciertas conductas que tal vez de inicio no quieran, como comer bien, hacer la tarea o recoger sus juguetes. Darles una estrella en la frente cuando ponen atención, darle postre después de que coman las verduras o prometerles un regalo si obedecen, son ejemplos de cómo solemos usar estas recompensas para lograr conductas deseadas. 

Entendiendo entonces ambos caminos, las preguntas serían ¿motivación extrínseca o intrínseca? Y la realidad es que no hay respuesta o camino correcto. La motivación siempre va a depender del individuo y de la situación particular. No hay un sistema que funcione para todos ni en todos los casos. 

Pero si podemos reflexionar sobre esto, al entender que si la motivación para hacer algo específico o para portarse de cierta manera (siendo “bien” el objetivo) es externa, esto va a limitar el grado de control que los niños puedan tener, ya que estarán dependiendo de algo fuera de ellos mismos. Esta falta de control va a afectar directamente su autorregulación, ya que los niños necesitan autonomía para poder desarrollar autorregulación, necesitan sentir que tienen cierto control, cierta influencia y cierto poder de decisión en lo que sucede en su mundo. 

Además el mensaje que se les está mandando de forma continua cuando recurrimos a motivadores externos, es que solo hay que portarnos bien, hacer caso, trabajar, obedecer, para conseguir lo que queremos y para que no tengamos una consecuencia negativa o un castigo, no porque sea lo correcto. 

Cuando los niños reciben recompensas materiales, su cerebro crea una asociación más débil entre la acción y la recompensa. Sin embargo, cuando el refuerzo es social y está directamente relacionado con la conducta, el cerebro establece conexiones más fuertes y duraderas.  Si le damos un dulce a un niño después de compartir su juguete, su cerebro va a asociar el acto directamente con el dulce, no con el hecho de compartir con otros. 

Así que a preguntarnos ¿queremos niños que lleven a cabo las responsabilidades que les tocan solo porque van a obtener algo a cambio? o ¿queremos niños que internamente tengan una motivación que los lleve a hacer lo que les corresponde? 

Si los inundamos de recompensas para que lleven a cabo una actividad en específico, tanto la actividad como las recompensas van a perder el interés del niño en algún punto. 

Este tipo de sistemas de recompensas (dar premios, dar stickers, dar estrellas, dar diplomas) se basan en sistemas de vergüenza para funcionar y esto a la larga afecta el autoestima y autoconcepto de los niños. 

Aprovechemos los intereses y gustos naturales de los niños para motivarlos, reforcemos de forma positiva sus esfuerzos y logros, sin necesidad de que haya alguna recompensa material de por medio. 

Todos en algún punto hemos recibido recompensas y claro que se siente bien. También seguramente, hemos ofrecido recompensas a otros para “motivarlos más”. Aquí el tema, no es no hacerlo nunca, sino que tener esta información, para poder actuar con mayor consciencia. No está “mal” hacer uso de la motivación extrínseca, pero evitemos que sea el único camino. Apelemos a la motivación intrínseca, a hacer interesante y llamativo el camino, para que los niños quieran cruzarlo por sí mismos. 

Con cariño, Johis 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *