Yo, Yo y Yo… Egocentrismo infantil

Los bebés son totalmente dependientes de los cuidados de sus figuras de apego, y por ende toda la atención de dichas figuras está volcada sobre ellos. Pero conforme van creciendo, les comienza a ser complicado a los niños comprender que de alguna forma dejan de ser el centro del mundo de sus papás. Esto es normal, sobre todo porque viven en una etapa llamada egocéntrica, en donde no han desarrollado aún un pensamiento empático, capaz de aceptar y entender la existencia y la importancia de otros.

El estadio inicial del ser humano es de un profundo egocentrismo, una total indiferenciación entre lo que es y lo que no es; es decir, está totalmente centrado. El niño conoce el mundo según una sola perspectiva, la de él mismo. Es por ello, que tiene dificultad para ponerse en la perspectiva del otro, para poner distancia de su propio punto de vista e imaginarse cómo entiende o ve las cosas otra persona.

El egocentrismo trata de una etapa natural y propia del niño en sus primeras etapas de vida, cuando pasa del mundo de las sensaciones puras; en las cuales sólo existe para sí mismo; y empieza a descubrir al “otro” (sobre todo en la figura de la madre), y de ahí a interesarse cada vez más por el mundo exterior. Pero estar en contacto con los otros y ser parte de la vida familiar y social, tiene un precio y es el descentrarse cada vez más de sí mismo.

Desde el punto de vista cognoscitivo, Jean Piaget, dice que los niños hasta los 3 ó 4 años tienen dificultades para retomar la perspectiva de los otros cuando no coincide con la propia. Ellos fácilmente tienden a ver las cosas desde su propio interés y no se percatan de que pueden existir otros.

Podemos observar un egocentrismo que se manifiesta en el habla de los pequeños y que consiste en hablar sólo de sí mismo, en no interesarse por el punto de vista del otro, ni situarse en relación con él. Son los frecuentes monólogos (solitarios o colectivos) de los niños, que muestran como diría Piaget, un habla egocéntrica. También se puede observar en los juegos que se rigen por reglas, donde el niño juega para sí, sin confrontar o discutir las reglas con los demás, cuando le es difícil comprender que tiene que esperar su turno, trabajar en equipo o compartir con los demás.

En esta etapa podremos observar algunas actitudes y conductas un tanto negativas como pueden ser: impaciencia, berrinches, no querer compartir, actitudes groseras o incluso agresivas, caprichos, entre otras.

Aunque pudiera parecer que esta etapa es negativa, la realidad es que es de vital importancia que los niños transiten por ella, pues entrar de lleno a su yo, los va a ayudar a desfusionarse de su figura de apego (principalmente mamá) y descubrirse como otro ser independiente.

Si les transmitimos que ser así está mal, van a sentir que es incorrecto/a, que lo que sienten no es válido. Ahí es donde, aunque nos cueste trabajo, debemos de entender que por ahora, su naturaleza es ser así. Por lo que tenemos que permitir que transiten las etapas que les corresponden, aunque siempre con límites claros.

Y confía, pues todo pasa; crecerán, madurarán y entrarán en el “nosotros” con lo que comprenderán y se acomodarán muchas cosas que les permitirán irse desarrollando de la mejor manera. Si no normalizamos la fase egocéntrica y les permitimos experimentarla dándoles esa mirada que tanto necesitan, puede ocurrir que se pasen toda la vida enganchados a esa fase. Y definitivamente, eso no queremos.

Aquí algunas recomendaciones para transitar por esta etapa:

  • Tener calma y paciencia.
  • No engancharse.
  • Tener limites claros y concisos.
  • No ceder frente a caprichos y berrinches.
  • Explicar.
  • Hacerles saber lo que esperamos de ellos.
  • Animar a hacer las cosas, más nunca forzar.

Esperando les sirva esta información,

con cariño, Johis

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