La disciplina no es magia

Aunque quisiéramos que existiera un manual, un hechizo mágico o algo para que en un abrir y cerrar de ojos pudiéramos criar con disciplina a nuestros hijos y nos evitáramos los berrinches o «malas» conductas, pues no lo hay, es un proceso de mucho esfuerzo, amor y paciencia.

Cuando los niños están pasando por un rato difícil, no podemos hacer nada para arreglar las cosas; pero podemos mostrarnos tranquilos y afectuosos y estar totalmente presentes, dando lo máximo de nuestra creatividad. A veces lo único que podemos ofrecer es nuestra presencia mientras los niños van experimentando emociones. Tratemos de comunicar nuestro amor, estar disponibles cuando ellos nos necesiten cerca y hablar con ellos sobre la situación, cuando ellos estén preparados para hacerlo.

Aunque nos encantaría poder ser el mejor ejemplo para los niños, las mejores figuras parentales o educativas; somos humanos y a lo largo de la vida, cometeremos infinidad de errores. Pero nuestros malos momentos, no necesariamente tienen que ser malos para los niños. Nuestras respuestas parentales, humanas y desordenadas, le dan a los niños oportunidades para afrontar situaciones difíciles y desarrollar habilidades nuevas. Aunque en un momento determinado haya conflicto y discusión, después puede haber arreglo y las cosas pueden volver a funcionar correctamente. Es aprovechar para enseñarles la importancia de la reparación y la reconexión y para aprender a ser amables y compasivos con nosotros mismos.

En este proceso de educar y de disciplinar, nos enfrentaremos a una serie de conflictos, los cuales pueden derivar en rupturas. Es nuestra labor como adultos, no pasarlas por alto y tratar de reparar el daño. Podemos reconectar pidiendo perdón o concediéndolo. Si reparamos y reconectamos lo antes posible y de una manera sincera y afectuosa, les enviamos el mensaje de que la relación importa más que la causa del conflicto. Y aunque como padres metamos la pata una y otra vez, siempre podemos acercarnos a los niños y enmendar el error.

No podemos vivir en la culpa y la preocupación de pensar que hemos sido «malos» padres o educadores, pues también estamos en el proceso de aprendizaje. Además de que nunca es demasiado tarde para enmendar el camino, para aprender mejores estrategias y para cambiar la manera en la que imponemos disciplina. Recordemos siempre preguntarnos ¿qué parte del cerebro queremos fortalecer? ¿la parte reactiva a través de gritos, regaños y castigos? ¿o la parte reflexiva a través de conexión tranquila y afectuosa?

Nunca vamos a ser padres o educadores perfectos, pero todos los días y en todo momento, podemos decidir dar pasos en la dirección adecuada. Comprometiéndonos para ser los padres o maestros que nuestros niños necesitan.

con cariño, Johis

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