La disciplina y el cerebro

La disciplina va creando el cerebro, pues favorece conexiones importantes entre el cerebro superior (funciones ejecutivas como planeación y autorregulación) y el cerebro inferior (funciones básicas como respirar). Esto ayuda a dar lugar a: percepción personal, responsabilidad, toma de decisiones, flexibilidad, empatía y moralidad.

La manera en la que interactuamos con los niños, afecta el desarrollo del cerebro de los niños, sobre todo el cómo lo hacemos cuando ellos están alterados. Lo ideal es darles la oportunidad de decidir cómo actuar, y no solo decirles lo que deben de hacer. Esto ayudará a que se vuelvan seres más responsables y capaces de tomar decisiones. Consideremos siempre los momentos de «mala conducta» como oportunidades de aprendizaje, para crear destrezas y conexiones en el cerebro.

Para poder entender el impacto que tiene la disciplina en el cerebro, hay que considerar los 3 descubrimientos funcionales:

  1. El cerebro es cambiante: es como una casa en construcción. Tenemos por un lado, el cerebro inferior, que es el primitivo, la fuente de la reactividad y el responsable de operaciones neurales como las emociones fuertes, los instintos y las funciones básicas como respirar. Tenemos, por otro lado, el cerebro superior, que es más reflexivo y se encarga de funciones más elevadas como son la planificación, la toma de decisiones, la regulación emocional, percepción personal, adaptabilidad y empatía.

Sería injusto pensar que los niños toman decisiones, piensan y actúan con un cerebro plenamente formado, cuando su cerebro está en pleno desarrollo. Debido a que la mayoría funcionan con el cerebro inferior, de forma instintiva y reactiva, es necesario que nosotros actuemos como un cerebro superior externo que les ayude y los guíe hacia una buena toma de decisiones. Los límites claros son muy importantes para un cerebro en desarrollo, pues es una forma de explicarles y ayudarles a comprender el mundo externo.

2. El cerebro es cambiable: puede ser moldeado de forma intencional a través de la experiencia. La neuroplasticidad es la capacidad de adaptación y desarrollo que tiene nuestro cerebro. Todo lo que los niños ven, sienten, tocan, huelen, tiene un impacto en su cerebro. Cuando una experiencia se repite, se intensifica y refuerza las conexiones entre neuronas. Hay que ayudarles a dar sentido a las experiencias que viven para que el cerebro las viva como experiencias de aprendizaje. Hay que considerar ¿cómo nos comunicamos con ellos? ¿qué oportunidades les ofrecemos? ¿qué les enseñamos? ¿qué personas los rodean?

3. El cerebro es complejo: es polifacético, con diferentes áreas responsables de distintas funciones. Hay que buscar contar con la receptividad del cerebro superior y evitar desencadenar la reactividad del cerebro inferior. Si mostramos respeto, empatía, apertura y llamamos a la cooperación y reflexión, no transmitimos ninguna amenaza que pueda despertar la reactividad del cerebro inferior. Con esto, las partes cerebrales superiores podrán comunicarse y ayudar a anular las inferiores que son más impulsivas y reactivas. Mediante el solo hecho de nombrar las emociones, disminuyen los niveles de miedo y enojo, lo que hace que el cerebro superior tranquilice al inferior; nombrar para dominar. Lo que queremos es comprometer al cerebro superior, no enfurecer al inferior: implicar, no irritar. Es así como se crea un vínculo entre el estado desregulado y la activación del cerebro superior que lo ayuda a regularse.

Cuando los niños están en pleno colpaso emocional, la lógica suele ser ineficaz y hasta contraproducente. Hay que esperar un momento antes de actuar y acompañarlos emocionalmente. Antes de redirigir la conducta, hay que buscar conectar.

Si un niño vive preocupado porque sus papás se van a enojar y lo van a castigar, no va a tener la libertad de hacer todo lo que desarrolla y fortalece a su cerebro superior. Para esto hay que buscar comunicar «estoy contigo; tienes mi apoyo; incluso cuando no me gusta tu manera de actuar; te quiero y estoy a tu lado.»

Cuando conectamos con ellos y además fijamos límites, ayudamos a desarrollar las partes del cerebro superior que ayudan a los niños a controlarse y regular sus emociones. En el sistema nervioso autónomo, hay dos ramas: una que sirve como acelerador y otra como freno. Mantenerlos en equilibrio es determinante para la regulación emocional. Establecer límites causa una «sensación saludable» de vergüenza, lo que da lugar a una brújula interna que va a guiar su conducta futura.

Hay que enseñarles de forma empática y afectuosa, qué conductas son aceptables y cuáles no. Establecer así los límites para que interioricen el «no» y ayudar a que comprendan las reglas externas y construyan su conciencia. La clave no está en decir no con insistencia, sino en ayudarlos a reconocer los límites para que puedan pisar el «freno» cuando haga falta.

Cuando los niños se portan mal, nos dan la oportunidad de conocerlos mejor y saber qué necesitan aprender y mejorar. Si estamos atentos, sabremos cómo acompañarlos y guiarlos hacia el desarrollo adecuado de su cerebro.

con cariño, Johis

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