Golpes y aislamiento ¿disciplina?

Muchas veces, el camino más fácil que encontramos para «disciplinar» a los niños es a través de los castigos, los cuales pueden ser físicos como los golpes o psicológicos como puede ser el hecho de aislarlos en su cuarto. Pero ¿realmente se logra el objetivo de la disciplina a través de estos actos violentos y/o agresivos? La realidad es que NO. Quizá funcionen al principio, porque el miedo puede hacer que cualquier individuo obedezca y reaccione, pero a largo plazo, son acciones contraproducentes en el desarrollo de los niños.

Los niños tienen derecho a estar a salvo de cualquier tipo de violencia. No olvidemos que todo ser humano tiene derechos, sobre todo si son indefensos como los niños. Y cualquier planteamiento disciplinario que pueda ser agresivo o que cause dolor o miedo, será contraproducente. ¿Queremos que aprendan o que nos teman? Cuando usamos planteamientos de este tipo, la atención de los niños se va a dejar de centrar en sus propias acciones y se va a centrar en la conducta de su cuidador, probablemente pensando que «es malo» o «es injusto». Esto anula la oportunidad para que piensen en su conducta o que puedan llegar a sentir cierta culpa o remordimiento saludable, al darse cuenta que su conducta o actitud quizá no haya sido la mejor.

El cerebro siempre va a interpretar el dolor como una amenaza. Tenemos una especie de alerta, que se prende cuando se detecta una posible amenaza, es decir, cuando siente miedo o dolor. Esto puede llevar a que el cerebro primitivo tome el control, activando el modo supervivencia: huida, congelamiento o pelea, para defenderse de lo amenazante. De ahí que se pierda el objetivo de enseñanza y aprendizaje que esperamos exista al plantear cualquier tipo de disciplina. Además se genera confusión pues los cuidadores en teoría son figuras de apego y amor, a quienes uno se acerca en caso de sentir amenaza, pero cuando ellos son también la fuente del dolor o el miedo, los niños ya no saben qué hacer.

La experiencias repetidas generan conexiones cerebrales. Por eso hay que tener cuidado con las experiencias que les brindamos a los niños. Por ejemplo, mandarlos a su cuarto solos o pegarles, después de una conducta negativa, los va a llevar a tener un sentimiento de rechazo. El aislamiento hace que los niños se vuelvan más enojados y disfuncionales, lo que los hace menos capaces de controlar o pensar en su conducta.

Obligarlos a irse y quedarse solos, suena a abandono. Es abandono. Además de que envía el mensaje de que cuando «no se portan bien, no quieres estar cerca». ¿Qué pasaría si en lugar de pegarles o enviarlos a aislamiento, se les diera la oportunidad de hacer bien las cosas? Es decir, abrir la posibilidad a otras maneras de actuar, guiándolos hacia una mejor toma de decisiones.

Es importante enseñarles a hacer una pausa y tomarse tiempo para reflexionar. Es esencial para desarrollar funciones ejecutivas que disminuyan la impulsividad, como la planeación y la autorregulación. Pero para llegar a esta reflexión, es importante que los niños estén acompañados y sean guiados. Que exista un acompañamiento y una conexión. No se va a lograr con el miedo o con el abandono. Podemos ayudarles a tener una «zona de calma» que puedan visitar cuando necesiten tiempo y espacio para regularse. Y que sea un lugar donde no sientan que están aislados o abandonados y que además sean ellos los que tomen la decisión de irse a su lugar de calma.

Reflexionemos si ¿queremos enseñarles que la manera de resolver conflictos es causando dolor a otros?, y si ¿queremos desencadenar el cerebro primitivo o apelar al reflexivo y receptivo?

con cariño, Johis

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