Educar sin gritos

Nadie dijo que tener hijos fuera fácil. Mantener el balance entre la vida personal, de pareja, laboral y parental no es tarea sencilla, al revés. Requiere de mucho esfuerzo, paciencia, organización y amor. Es normal de pronto ser impaciente y desbordarse por las emociones… no está mal, no te sientas el peor de los padres por esto. Lo que sí está mal es reaccionar a gritos o golpes con los niños. Un momento de desesperación de los padres, puede traer como consecuencia toda una vida de complicaciones en los hijos. 

Es importante preguntarse ¿qué tipo de padre quiero ser? ¿cómo quiero que mis hijos me perciban? ¿cómo alguien a quién temer o cómo alguien que de seguridad y calma? 

Es preferible que si sienten que las emociones los están sobrepasando, se alejen y regresen hasta que se encuentren en calma, a que reaccionen con la emoción del momento y les peguen una gritiza tremenda. 

Traten de detectar cuáles son sus detonadores, aquello que los hace llegar al límite o incluso que los lleva a estallar, para evitarlos lo más posible. No siempre será posible y cuando este sea el caso, recuerden que siempre está disponible la opción de retirarse. 

Los gritos, las amenazas, los chantajes son formas de violencia. Muchas veces pensamos en la violencia solo en forma de golpes, o algo físico, pero la violencia puede tener muchas formas y caras y la violencia psicológica que es a través de palabras o de cuestiones no verbales como gestos, miradas o actos como ignorar, puede incluso causar más daño que un moretón o un rasguño. No olvidemos que aunque les pidamos una disculpa, el daño estará hecho. 

Los niños que reciben constantemente gritos, a la larga lo más probable es que desarrollen problemas conductuales, además de emocionales: discusiones entre compañeros, bajo rendimiento escolar, peleas, robos, síntomas de tristeza repentina y depresión. Los gritos van minando poco a poco su autoestima y su autoconfianza, dejando en ellos secuelas emocionales y psicológicas. 

Crecer con un patrón familiar donde los gritos son cotidianos, puede llevarlos a ser individuos inseguros, retraídos y generalmente acabarán creyendo que someter a gritos a otros es la única manera de relacionarse y de hacerse valer. 

En el cerebro del niño, ocurren muchas cosas frente a los gritos: 

– se activa el miedo haciendo que busquen huir o que se paralicen.

– libera dopamina y adrenalina- para prepararse para la huida. 

– se bloquea el proceso de aprendizaje. 

– registra recuerdos negativos que generan angustia, estrés y ansiedad.

– se envían señales de peligro, amenaza e inseguridad. 

Si creemos que a gritos nos van a entender mejor y que van a hacer caso, estaremos en lo incorrecto, puesto que justo se logrará lo contrario. Literal el cerebro se bloquea, porque se activan las señales de peligro. Ni aprenderán mejor, ni pondrán más atención ni nada. Así que evitémoslo. El grito es una respuesta de agresividad, no de asertividad, por lo que va a provocar en el otro, una respuesta similar. 

Algunas de las consecuencias de gritarle a los niños son:

– se les proporciona una educación que no es saludable y que no ayuda al bienestar familiar y personal. 

– no se les enseña el respeto. 

– aprenderán a relacionarse con otros de manera incorrecta.

– se evitará construir una relación padre-hijo, madre-hijo o relación familiar conjunta.

– no aprenden el correcto manejo de las emociones.

– se evita que aprendan el autocontrol.

– puede provocarle miedo o sentimientos negativos en torno a los padres o la autoridad en general.

–  no se les está mostrando nada positivo en relación a su desarrollo y aprendizaje. 

– la imagen creada será la de padres temerarios y no la de una base segura.

– se favorece un apego inseguro. 

No te sientas el/la peor si le has gritado a tus hijos. Siempre estás a tiempo de cambiar y mejorar. A todos les ha pasado, es normal, al final de cuentas somos humanos. Pero es importante buscar la manera de comunicarte con ellos desde un lugar de calma y amor. Verás que cuando lo hagas, los resultados serán mejores. No podemos pretender que ellos se calmen, hagan caso u obedezcan, si no logramos conectar primero con ellos, y para lograrlo solo es posible desde la calma y el amor. 

Algunas recomendaciones serían:

– mantén límites claros y se consistente y congruente con ellos. 

– refuerza de forma positiva aquellas conductas que quieres que mantengan. 

– ten una comunicación positiva con ellos.

– evita regañar y castigar. Mejor que aprendan que hay consecuencias frente a sus acciones. 

– practica la empatía. 

– se paciente y amoroso. 

– aprende a manejar tus emociones y a tener estrategias para lograrlo. 

Los niños aprenden imitando, así que busquen ser un buen modelo y ejemplo para ellos. Enseñémosles que se vale sentir, pero lo que no se vale es actuar y reaccionar de forma negativa desde la emoción. Para ello hay que mostrarnos vulnerables frente a ellos, platicarles de lo que sentimos y enseñarles herramientas y estrategias para que cuenten con alternativas para canalizar lo que sienten de forma positiva, evitando lastimar a otros. 

Con cariño,

Johis

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